EL DEVASTADOR PODER DE LA ESTUPIDEZ HUMANA

Seguramente en nuestras vidas, con frecuencia, “con una monotonía incesante, vemos como entorpecen y obstaculizan nuestra actividad individuos obstinadamente estúpidos, que aparecen de improviso e inesperadamente en los lugares y en los momentos inoportunos”.

¿Cuántas veces hemos sufrido o hemos observado, con impotencia y desesperación el poder destructivo de estas personas?

Carlo M. Cipolla, uno de los historiadores de la economía más prestigiosos internacionalmente del siglo XX, se hizo mundialmente famoso por un ensayo satírico sobre esta cuestión titulado “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”.  Esto resulta paradójico, parece incluso estúpido, pero si leemos el ensayo y analizamos su éxito y repercusiones, quizás pensemos que no lo es, porque usando el humor,  Cipolla acertó de pleno en definir la estupidez humana como uno de los mayores males de la humanidad -en todo tiempo y en todo lugar-, mediante sus cinco leyes:

Primera. Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan  por el mundo.

Segunda. La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.

Tercera. Una persona estúpida es aquella que causa un daño a otra o un grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.

Cuarta. Las personas no estúpidas subestiman siempre el poder nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error.

Quinta. La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe.

Corolario: El estúpido es más peligroso que el malvado.

Se ha calificado este pequeño tratado como de “filosofía satírica”, en la que puede encuadrarse, por ejemplo, el humorístico y certero ensayo de Schopenhauer “El arte de tener razón”. 

También se ha señalado su inspiración en la filosofía utilitarista de Jeremy Bentham (siglo XVIII) según la cual la mejor acción es la que produce la mayor felicidad y bienestar para el mayor número de individuos involucrados y maximiza la utilidad. Otro filósofo que desarrolló este concepto, en el siglo siguiente, fue John Stuart Mill, en su libro El utilitarismo. Este autor parte de que todo ser humano actúa siempre —sea a nivel individual, colectivo, privado, público, como en la legislación política— según el principio de la mayor felicidad, en vistas al beneficio de la mayor cantidad de individuos.

Cipolla, en el ensayo citado, contradice precisamente esto último. Hay un tipo de persona que hace todo lo contrario: el estúpido.

Igualmente parece inspirarse nuestro autor en la  “teoría de juegos”, un área de la matemática aplicada, utilizada en muchos campos científicos, especialmente en el de la economía, y que ha contribuido a comprender más adecuadamente la conducta humana frente a la toma de decisiones. 

Cipolla publicó el ensayo citado en el libro “Allegro ma non troppo”,  junto a otro -también burlón- sobre el papel de las especias en el desarrollo económico de la Edad Media. En éste hace una parodia de la metodología del ridículo, donde se burla de ciertos estudios de historia económicos, utilizando fórmulas cliométricas[1] deliciosamente absurdas para llegar a las más estrafalarias relaciones de causa a efecto.

En la introducción a ese libro, hace una defensa del beneficio individual y social que produce el humorismo, contrapuesto a la ironía –que genera tensiones y conflictos-y termina con la siguiente frase:

“Espero que al leer estas páginas no acaben convenciéndose de que el estúpido soy yo”

Porque, como nos advertirá en su ensayo sobre la estupidez, de las cuatro categorías de personas que define y utiliza en su análisis: incautos, inteligentes, malvados y estúpidos, solo éstos no son conscientes de que lo son.

En la tercera ley, hemos visto la definición de la persona estúpida. Inmediatamente antes de llegar a ella, define las otras tres categorías de personas:

Incauta: la que de su acción obtiene una pérdida al tiempo que procura un beneficio a otra u otras.

Inteligente: la que de su acción obtiene un beneficio para sí y para la otra u otras personas.

Malvada: la que de su acción obtiene beneficio propio procurando perjuicio a la otra u otras personas.

Entre esas cuatro categorías caben una variedad de intermedias. Por otro lado, las definiciones no se refieren tanto a la cualidad de la persona como a la de sus acciones. Es la frecuencia máxima y dominante de una de ellas la que definen a una persona como tal. Una persona con un comportamiento habitualmente inteligente puede cometer ocasionalmente acciones estúpidas.

Finalmente, nos invita Cipolla, a situar en una de las gráficas de distribución de frecuencia, según esas definiciones,  las acciones de personas o grupos con los que normalmente nos relacionamos, para valorarlos y adoptar, en consecuencia, una línea de acción  racional.

Y con ello, sin decirlo, nos enfrenta a hacer igualmente con nosotros mismos:

¿En qué categoría de persona nos incluimos?

O mejor: ¿En qué categoría incluimos nuestras acciones concretas?

Analizarla desde el enfoque económico y humorístico de Cipolla, nos puede ayudar en la toma de decisiones de nuestras vidas.

Concha San Martín


[1] Cliometría : metodología de análisis de la Historia económica empleando la teoría económica, la estadística y la econometría

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *