El Grupo de Historia continúa esta semana con la relación entre «historia» e «imagen».
En la idea de servirnos de la imagen para el análisis de un tema histórico vamos a abordar hoy el campo de los totalitarismos, entendiendo por tales aquellos regímenes políticos en los que el poder es ejercido por una sola persona o partido de manera autoritaria, impidiendo la intervención de otros y controlando todos los aspectos de la vida del estado.
Propio de esos regímenes es lo que se conoce como el “culto a la personalidad”, un concepto elaborado por Nikita Jruschov en el año 1956, consistente en una elevación a dimensiones casi religiosas o sagradas de figuras de líderes carismáticos en la sociedad política. Pero, aunque el término tiene su origen en la Unión Soviética, su significado es también aplicable a los regímenes nazi-fascistas. Mussolini y sobre todo Hitler, son dos ejemplos palpables de lo que queremos decir, puesto que en estos sistemas políticos todas las elaboraciones culturales –pinturas, fotografías, pósteres, cine etc.- estaban concebidas para adular a líder. Veamos dos ejemplos.
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El primero consiste en un retrato de Stalin de 1949, titulado Rosas para Stalin, obra de Boris Vladimirski Eremeevich. Y a la vista de la obra no cabe duda de que estamos ante un ejemplo de “arte de partido”. La pintura describe a Stalin rodeado de niños que le hacen entrega de rosas, lo que nos pone de manifiesto que, dada la ideología del líder ruso, en este caso el color es obligatorio, o más bien imperativo. Stalin aparece vestido de blanco, un personaje heroico y casi angélico. No es raro. Estas figuras en las que el líder ruso aparecía como una figura divina eran frecuentes en el arte soviético y parte de un mito político de benevolente patronazgo. Los niños están vestidos de forma sencilla, limpios, con pantalones cortos completados con pañuelos rojos. Pañuelos y rosas crean un austero contraste con los suaves azules y verdes de la pintura. Un campo y un lago sirven de telón de fondo, estableciendo un paralelismo romántico con la Naturaleza. La pose de Stalin y las atemorizadas expresiones de los niños evocan un sentido de orgullo y respeto. El uso del rojo y la presencia de Stalin son prueba palpable de la inclinación del gobierno por la propaganda política. Aparte de estos símbolos, la pintura es simple e incluso pretende ser agradable. Hay poco espacio para la interpretación fuera del evidente mensaje de aprecio y apoyo a Stalin. El mismo que mató de hambre a millones de ucranianos y represalió a otros tantos en sus purgas políticas de los años 30.
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La otra pintura es un retrato de Hitler de 1934, con el título El abanderado, obra de Hubert Lanzinger. Aquí se nos presenta a este otro asesino de masas como una figura mesiánica que mira hacia un futuro mejor para Alemania. Pero en ella se deja ver algo bastante claro: que establecer un vínculo entre el pasado y el presente alemán era crucial para legitimar las aspiraciones nazis del Tercer Reich, y las artes visuales iban a jugar un importante papel en este esfuerzo. Las revistas publicaban artículos sobre las sagas militares germánicas, y el arte y la propaganda nazi utilizaban la historia como un tema mayor. Cualquier cosa que sonara a valores germánicos o nórdicos se seleccionaba y se reutilizaba para reescribir el pasado. Las gestas de los Nibelungos, las guerras de religión y la Reforma habían sido batallas en pro del espíritu alemán, y Hitler se consideraba el abanderado de la cruzada del presente. El líder nazi se consideraba como arte de la tradición prusiana, un sucesor de Luis I y Federico el Grande. Las artes visuales hicieron esta asociación concreta, como vemos en esta obra en la que aparece como caballero medieval.
JOSÉ RAYA TÉLLEZ
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