
Seguramente en nuestras vidas, con frecuencia, “con una monotonía incesante, vemos como entorpecen y obstaculizan nuestra actividad individuos obstinadamente estúpidos, que aparecen de improviso e inesperadamente en los lugares y en los momentos inoportunos”.
¿Cuántas veces hemos sufrido o hemos observado, con impotencia y desesperación, el poder destructivo de estas personas?
Carlo M. Cipolla, uno de los historiadores de la economía más prestigiosos internacionalmente del siglo XX, se hizo mundialmente famoso por un ensayo satírico sobre esta cuestión titulado “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”. Esto resulta paradójico, parece incluso estúpido, pero si leemos el ensayo y analizamos su éxito y repercusiones, quizás pensemos que no lo es, porque usando el humor, Cipolla acertó de pleno en definir la estupidez humana como uno de los mayores males de la humanidad -en todo tiempo y en todo lugar-, mediante sus cinco leyes:
Primera. Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.
Segunda. La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.
Tercera. Una persona estúpida es aquella que causa un daño a otra o un grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.
Cuarta. Las personas no estúpidas subestiman siempre el poder nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error.
Quinta. La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe.
Corolario: El estúpido es más peligroso que el malvado.
En nuestra tertulia continuaremos.
Concha San Martín



