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Horizonte de Sucesos: ICONOGRAFÍA DE LOS TOTALITARISMOS

12 mayo, 2020 | 9:00 pm - 9:30 pm CEST

El Grupo de Historia continúa esta semana con la relación entre «historia» e «imagen».

En la idea de servirnos de la imagen para el análisis de un tema histórico vamos a abordar hoy el campo de los totalitarismos, entendiendo por tales aquellos regímenes  políticos en los que el poder es ejercido por una sola persona o partido de manera autoritaria, impidiendo la intervención de otros y controlando todos los aspectos de la vida del estado.

Propio de esos regímenes es lo que se conoce como el “culto a la personalidad”, un concepto elaborado por Nikita Jruschov en el año 1956, consistente en una elevación a dimensiones casi religiosas o sagradas de figuras de líderes carismáticos en la sociedad política. Pero, aunque el término tiene su origen en la Unión Soviética, su significado es también aplicable a los  regímenes nazi-fascistas. Mussolini y sobre todo Hitler, son dos ejemplos palpables de lo que queremos decir, puesto que en estos sistemas políticos todas las elaboraciones culturales –pinturas, fotografías, pósteres, cine etc.- estaban concebidas para adular a líder.  Veamos dos ejemplos.

El primero consiste en un retrato de Stalin de 1949, titulado Rosas para Stalin, obra de Boris Vladimirski Eremeevich. Y a la vista de la obra no cabe duda de que estamos ante un ejemplo de “arte de partido”. La pintura describe a Stalin rodeado de niños que le hacen entrega de rosas, lo que nos pone de manifiesto que, dada la ideología del líder ruso, en este caso el color es obligatorio, o más bien imperativo. Stalin aparece vestido de blanco, un personaje heroico y casi angélico. No es raro. Estas figuras en las que el líder ruso aparecía como una figura divina eran frecuentes en el arte soviético y parte de un mito político de benevolente patronazgo. Los niños están vestidos de forma sencilla, limpios, con pantalones cortos completados con pañuelos rojos. Pañuelos y rosas crean un austero contraste con los suaves azules y verdes de la pintura. Un campo y un lago sirven de telón de fondo, estableciendo un paralelismo romántico con la Naturaleza. La pose de Stalin y las atemorizadas expresiones de los niños evocan un sentido de orgullo y respeto. El uso del rojo y la presencia de Stalin son prueba palpable de la inclinación del gobierno por la propaganda política. Aparte de estos símbolos, la pintura es simple e incluso pretende ser agradable. Hay poco espacio para la interpretación fuera del evidente mensaje de aprecio y apoyo a Stalin. El mismo que mató de hambre a millones de ucranianos y represalió a otros tantos en sus purgas políticas de los años 30.

La otra pintura es un retrato de Hitler de 1934, con el título El abanderado, obra de Hubert Lanzinger. Aquí se nos presenta a este otro asesino de masas como una figura mesiánica que mira hacia un futuro mejor para Alemania. Pero en ella se deja ver algo bastante claro: que establecer un vínculo entre el pasado y el presente alemán era crucial para legitimar las aspiraciones nazis del Tercer Reich, y las artes visuales iban a jugar un importante papel en este esfuerzo. Las revistas publicaban artículos sobre las sagas militares germánicas, y el arte y la propaganda nazi utilizaban la historia como un tema mayor. Cualquier cosa que sonara a valores germánicos o nórdicos se seleccionaba y se reutilizaba para reescribir el pasado. Las gestas de los Nibelungos, las guerras de religión y la Reforma habían sido batallas en pro del espíritu alemán, y Hitler se consideraba el abanderado de la cruzada del presente. El líder nazi se consideraba como arte de la tradición prusiana, un sucesor de Luis I y Federico el Grande. Las artes visuales hicieron esta asociación concreta, como vemos en esta obra en la que aparece como caballero medieval.

JOSÉ RAYA TÉLLEZ

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